Después de cancelaciones y postergaciones, los nervios del despegue, la expectativa por la travesía en el lado oscuro de la Luna y las tensiones del reingreso a la atmósfera, la misión Artemis II finalizó con éxito el 10 de abril.
Así, cuando Integrity amerizó en las aguas del Pacífico, concluyó un viaje de casi diez días que llevó a cuatro astronautas al entorno lunar por primera vez desde 1972 y la NASA consiguió validar en condiciones reales el funcionamiento del cohete Space Launch System, la nave Orion y una parte central de la arquitectura con la que busca sostener sus próximas misiones hacia la Luna.
Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen fueron los héroes y las caras visibles de la hazaña, los cuatro tripulantes elegidos para una misión que tenía un peso técnico, operativo e histórico muy claro: Artemis II debía probar cómo respondían la cápsula, el soporte vital, la navegación, la propulsión, las maniobras manuales y la reentrada con personas adentro. Y también había que confirmar que el sistema completo podía viajar más allá de la órbita terrestre, bordear la Luna y regresar a salvo.
Y en medio de esta histórica misión, Argentina tuvo una participación, pequeña, pero importante, para la ciencia de nuestro país: entre las cargas secundarias liberadas durante el vuelo estuvo ATENEA, un nanosatélite CubeSat desarrollado por la CONAE. Su tarea incluyó la validación de subsistemas, el ensayo de comunicaciones de largo alcance y la obtención de datos en una operación real de espacio profundo. El satélite logró transmitir a más de 70.000 kilómetros de la Tierra y se convirtió en el microsatélite argentino lanzado a mayor distancia hasta ahora.

















