Adiós a Chiche Gelblung

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Murió a los 82 años uno de los editores más influyentes y polémicos de la prensa argentina. Brillante, mordaz y obsesivo, moldeó el estilo de las grandes revistas y dejó una escuela que todavía perdura

Comía papel. Arrancaba los bordes extremos de las hojas A4, o de las páginas de los diarios, que poblaban su escritorio, y las masticaba con fruición y elegancia, como si fuesen caviar iraní. Hacía con el dedo índice de su mano derecha una especie de rulo sobre su frente ancha, como si allí anidaran los rizos que Miguel Ángel talló en la cabeza de su David. Decía con orgullo que no veía los colores. O que no los veía todos. O que no distinguía el rojo o el verde. Inventaba mitos, leyendas, quimeras; o las desmoronaba de un plumazo, con una frase, con un título, con un gesto. Sabía dónde estaba la nota; dónde el lado débil del entrevistado; sacaba aceite de oliva de los ladrillos, convertía en orquídeas el hueso periodístico más podrido. Escribía muy bien, preguntaba mejor: las dos cualidades quedaron de lado cuando encontró su vocación de fabricar revistas exitosas.

Jamás pensé, disculpen este tono íntimo y personal, en tener que escribir estas líneas dolidas para decirle chau a Chiche Gelblung que murió a los 82 años.

Fue un periodista tremendo, inagotable, implacable y talentoso. Con una capacidad certera como el rayo para descubrir un buen texto, la posibilidad de una buena nota, o para detectar a un profesional en ciernes, o al tipo al que se le había apagado o atenuado la llamita única de este oficio fantástico.

Le tocó vivir una época sombría del país, si es que hubo alguna que no lo fuese para el periodismo en el último medio siglo: la estupidez solemne de la dictadura de Onganía, el laberinto político del gobierno de Lanusse, la violencia guerrillera y de la Triple A del peronismo de los 70, la feroz dictadura militar del 76, la guerra de Malvinas y la posterior decadencia de las publicaciones de la época. En una Argentina que fue líder de América en materia de revistas, Chiche fue uno de los tipos que mejor supo hacerlas, porque las proyectaba como una extensión de sí mismo.


Su gran éxito fue “Gente”, por la que recibió y recibirá los palazos más grandes destinados a profesional alguno, en el ya aquilatado deporte nacional de destruir a la prensa. La Editorial Atlántida, editora entonces de la revista, apostó en parte a aquel peronismo setentista que iba a cambiarlo todo y, de inmediato, a la dictadura que siguió. En aquellos años terribles, cuando la matanza en principio era casi desconocida o inimaginable, “Gente” fue un emblema de la frivolidad, la fruslería y el oropel, pero no de la tontería: en sus páginas todavía se pueden leer textos extraordinarios de una prensa brillante, de grandes firmas, de estructuras innovadoras y de audacias que burlaban incluso las espadas de los centuriones: aquella revista que dirigía Samuel Gelblung llegó a vender entonces más de medio millón de ejemplares semanales, lo que era un récord que el tiempo y sus mudanzas tornaron imbatible.

De no haber sido así, de no haber tenido que dirigir periodismo en aquellos años oscuros y en una empresa que invirtió todo su capital intelectual, y el otro, en el amparo siempre vacilante del poder militar, Chiche podría haber medido sus calidades con las de Tom Wolfe, Gay Talese o James Reston.

De hecho, implementó en el país los designios del “nuevo periodismo” americano, que si bien terminó muy mal en Estados Unidos, tuvo aquí un transcurrir renovador y brillante.

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