Mafalda: pasaron 63 años desde que fue creada por Quino

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Hasta ese momento, hasta septiembre de 1964, parecía un dibujante como tantos otros. Había varias decenas pasando de redacción en redacción, tratando de meter alguna viñeta, alguna tira en diarios y revistas. Los más afortunados eran los que conseguían lugar en la contratapa de un diario y se aseguraban una entrada. Se llamaba Joaquín Lavado pero todos le decían Quino desde muy chico. Elegir como firmar sus trabajos no le requirió esfuerzo ni imaginación.

Nació en Mendoza. A los 13 murió la madre; el padre, a los 17. Después el servicio militar y un destino en Buenos Aires. Cuando le dieron la baja, se instaló en la Capital. Para perseguir su sueño: vivir del dibujo.

La vocación lo había atravesado desde muy chico. Un día vio a un tío dibujar unos animales. Quedó deslumbrado, el corazón empezó a latirle fuerte. Necesitaba hacer eso. “¿No es increíble todo lo que puede tener adentro un lápiz?”, le dice Guille, el hermanito de Mafalda, a su mamá luego de pintar todas las paredes de la casa.

Publicó por primera vez unas viñetas humorísticas en la revista Esto Es. La tarde que le aceptaron sus primeros trabajos caminó las más de 60 cuadras de distancia hasta la pensión en la que vivía: quería tener tiempo para llorar de emoción. Le estaban pagando por hacer lo que le gustaba, lo único que sabía hacer, lo único que necesitaba hacer. “Qué misterio la vocación: lo toma a uno de chico y de repente. Y no lo suelta más”, dijo en una de sus últimas entrevistas. Sus trabajos iniciales se perdían entre la multitud de dibujantes y humoristas de la época. Carlos Garaycochea le decía que sus ideas eran muy originales, pero que los dibujos no eran demasiados buenos.

En poco más de diez años logró hacerse un nombre, perfeccionar su dibujo, establecer relaciones dentro del medio y ser llamado por los directores de las publicaciones que se creaban. Había trabajado ya para Landrú y para Divito, dos grandes del mercado del humor gráfico junto a Quinterno y Editorial Columba.

Mafalda comenzó a publicarse en Primera Plana a fines de septiembre de 1964. A razón de dos tiras por número. Parece, a la distancia, una fusión inevitable. La revista que modernizó las publicaciones argentinas, que tuvo las mejores firmas, sumó a Quino. En marzo de 1965 salió la última entrega. Esa semana, Quino se peleó con su amigo Julián Delgado (que sería desaparecido en medio del Mundial 78 cuando dirigía la revista Mercado). Le habían propuesto publicar la tira en un diario del interior del país. Quino aceptó encantado y fue a la redacción de la revista a buscar los originales para enviárselos. Pero al llegar, le informaron que ese material ya no le pertenecía. Se negaron a entregárselo. Al dibujante le pareció inadmisible. Renunció a la revista no si antes recuperar sus dibujos.

Quino y Mafalda salvaron a dos editoriales y le aseguraron años, décadas, de prosperidad. No sólo por los ingresos que permitieron las ventas descomunales de sus libros, sino que su nombre y prestigio atrajo a otros hacia esos sellos.

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