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En Ucrania, el tiempo se agota para evitar otra “generación perdida”, una expresión usada a menudo no solo para las vidas jóvenes perdidas, sino también para los niños que sacrificaron su educación, sus pasiones y sus amistades ante los frentes de batalla en constante cambio o que quedaron con cicatrices psicológicas demasiado profundas para sanar.

En el cintillo en la parte superior de un sitio web del gobierno ucraniano, parpadea la frase: “Niños de la guerra” con un saldo sombrío y creciente: Muertos: 361. Heridos: 702. Desaparecidos: 206. Localizados: 4214. Deportados: 6159. Regresados: 50.

Murat Sahin, quien representa en Ucrania a la agencia para la infancia de las Naciones Unidas, la Unicef, declaró: “Los 5,7 millones de niños que habitan en Ucrania están traumatizados. No diría que el 10 o el 50 por ciento de ellos está bien: cada uno lo está experimentando y toma años poder sanar”.

Los estragos de la guerra, rumbo a su sexto mes
Más de un tercio de los niños ucranianos (2,2 millones) ha tenido que huir de sus hogares y muchos de ellos han sido desplazados dos o tres veces, cuando el territorio donde estaban se perdía, según agencias humanitarias. Es posible que más de la mitad de los niños de Ucrania (3,6 millones) no tengan una escuela a la cual volver en septiembre.

Aun así, incluso con la guerra rumbo a su sexto mes, los defensores de los niños afirman que hay tiempo para hacer cambios significativos en torno a qué les depara a los jóvenes tras el conflicto.

En las salas de maternidad de Leópolis, madres rezan para que el combate concluya antes de que sus hijos tengan edad suficiente para recordarlo. En el este de Ucrania, activistas buscan a niños desaparecidos en los frentes de batalla. En todo el país, trabajadores humanitarios y funcionarios ucranianos se esfuerzan en reparar escuelas bombardeadas y en iniciar un apoyo psicológico.

Ramin Shahzamani, director ejecutivo de War Child Holland, un grupo que se enfoca en brindar apoyo psicológico y educativo a niños en zonas de conflicto, mencionó: “Creemos en la resiliencia de los niños”. “Si eres capaz de ayudar a los niños tan rápido como sea posible a lidiar con lo que han experimentado y lo que han visto, podrán manejar sus emociones”, agregó.

Esa resiliencia es evidente en la forma en que los niños han adaptado su vida cotidiana (dibujan con crayones y pintura en los muros del sótano húmedo donde están cautivos o inventan un juego basado en las frecuentes paradas en puntos de revisión que están obligados a hacer). Imitan la realidad sombría de la guerra que atestiguan, pero al mismo tiempo encuentran maneras de escapar de ella.

En el Dombás, una niña de 13 años llamada Dariia ya no se amedrenta ni huye cuando un proyectil de artillería impacta cerca de ella, ya está acostumbrada al terror de todos los días.

Traumas mentales y físicos
Aun así, existe el costo de los traumas psicológicos que no se sanan y los efectos no solo son mentales, sino también físicos.

Sonia Khush, directora de Save the Children en Ucrania, afirmó que los niños expuestos a la guerra están en riesgo de padecer “estrés tóxico”, un padecimiento detonado por periodos extremos de adversidad. Los efectos son tan poderosos que pueden alterar estructuras cerebrales y sistemas de órganos, y se pueden prolongar hasta la vida adulta de dichos niños.

Ofrecer un camino de esperanza para sobrevivir a la guerra no es solo para los niños ucranianos de la actualidad, puntualizó Shahzamani, sino también por el bien del futuro del país.

El grupo War Child encuestó hace poco a hijos y nietos de personas que vivieron la Segunda Guerra Mundial y encontró que las familias resultaron afectadas por los traumas de la guerra incluso dos generaciones después.

Shahzamani relató: “La guerra es intergeneracional. Es por eso que es de extrema importancia trabajar en el bienestar y la salud mental de los niños”.

Khush subrayó que la educación es vital para el apoyo psicológico. Las escuelas les brindan a los niños conexiones sociales entre compañeros, enseñanza a través de los maestros y una rutina que puede darles una sensación de normalidad en medio de una incertidumbre ubicua.

Más de 2000 de las aproximadamente 17.000 escuelas que hay en Ucrania han sufrido daños durante la guerra y 221 han sido destruidas, según estadísticas de las Naciones Unidas. Otras 3500 han sido usadas para refugiar o ayudar a los siete millones de ucranianos que han escapado a partes más seguras del país. Nadie sabe cuántas abrirán cuando el año escolar comience dentro de un mes.La destrucción social es todavía más difícil de reparar. Miles de familias han sido separadas ya que hermanos y padres han sido reclutados o asesinados y los niños han tenido que huir, por lo que dejan atrás a abuelos y amistades. Los trabajadores humanitarios han notado un creciente problema de pesadillas y comportamiento agresivo en niños pequeños.

Sahin aseguró que, antes de la invasión, Ucrania tenía alrededor de 91.000 niños en orfanatos institucionales, más de la mitad con alguna discapacidad. No se ha dado a conocer cuánto se ha elevado esa cifra desde que la guerra comenzó.

Uno de los datos más desconocidos de la guerra es el número de niños que han quedado huérfanos o han sido separados de sus padres. Sin embargo, además de esos nuevos huérfanos, Moscú también ha expulsado a decenas de miles de ucranianos a Rusia, según funcionarios de Ucrania. Se cree que muchos son niños separados de sus padres.

Ahora, activistas ucranianos usan redes clandestinas dentro de territorios controlados por los rusos para intentar obtener información sobre esos menores y, si es posible, traerlos de vuelta.

También hay esperanza para los huérfanos. Un nuevo esfuerzo liderado por el gobierno ucraniano y la Unicef ha alentado a alrededor de 21.000 familias a registrarse como familias de crianza temporal. Mil familias ya han sido capacitadas y han recibido a niños.

Maryna Lazebna, ahora exministra de Política Social, señaló de manera reciente: “Este es solo el principio. A veces, la destrucción fomenta construir algo nuevo, no reconstruir el pasado”.

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